Y al cerrar los ojos, las imágenes del jardín de rosas sembradas por su madre le invadían la mente; el frío y el penetrante olor del basural, le calaban los huesos... no podía dormir, la incomodidad de aquel lugar hacía que sus noches fueran largas, interminables, casi infinitas.
Acurrucados unos contra otros, obligados a hacinarse por el frío, respirando alientos extraños, sucios; alientos uniformes, todos ellos del mismo licor barato obtenido de limosnas o pequeños robos durante el día, dormían deseando no volver a despertar...
Pablo, un hombre de mediana edad, en sus tempranos treinta, había pasado, en poco menos de un año, de un prometedor profesional en derecho, a un alcohólico marginado, viviendo bajo un puente, con la barba sin afeitar y la misma ropa que traía el día en que el mundo decidió cobrarse todas las cuentas que tenía pendientes con él.
En su peculiar soledad, sus recuerdos de tiempos mejores, hacían brotar lágrimas, tal vez las últimas lágrimas que guardaban sus ojos, gastados de tanto llorar, de tanto recordar, de tanto maldecir... sí, de maldecir su vida, a sí mismo, a su suerte, a los otros, a sus compañeros y compadres en desgracia.
Pablo, que había logrado lo que pocos en la vida... una familia, profesión, estabilidad y esa suave y hermosa monotonía de aquel que vive día con día en un mundo casi perfecto, se encontraba ahora rodeado de gente extraña, ebrios... desconocidos unidos con una sola cosa en común: su pasión por el alcohol.
Miles de veces, había tratado de abandonar aquel lugar, de volver a la casa que fue obligado a dejar, de ver a sus hijos, a su mujer, a su madre y el jardín de rosas que cuidaba por devoción, una devoción aprendida casi por costumbre, pero no... su cuerpo no podía, lo anclaba una desidia y un miedo más fuertes que su voluntad. El arrepentimiento, la culpa, los celos de pensar que la mujer que amaba estuviera ya con otro, aburrida de tantas noches solitarias, de mañanas oscuras, de alientos ebrios, de peleas, de golpes..., hacían que sus ganas de beber aumentasen cada vez más.
Como ancianos que se sientan en el umbral de sus puertas, a ver la vida pasar, todos ellos, los compañeros de Pablo y él también, gastan el día mirando sus rostros, las manos estiradas, a la espera de una moneda... o la misma muerte que los libere de aquel infierno que se han forjado de propia elección.
A la llegada de la noche, como vampiros sedientos, salen de su guarida... o mejor dicho, de su odioso hogar; caminan juntos, casi sin hablar; se dirigen como siempre, a esa oscura callecita en aquel rincón de la ciudad, rutina repetida noche tras noche; ruta vergonzosa, que de tanto andarla le es muy familiar.
A la puerta de una triste bodega, alumbrada apenas por una tenue luz y protegida por una gruesa reja, para que los maleantes de la zona no carguen con las escasas ganancias del día, se deja ver una pesada silueta que sale con pasos tristes, arrastrados... una voz ronca, aguardientosa se deja oír, rompiendo un silencio que denota culpabilidad.
- Quién es!!... Ah, los “tragafuego”... - sonríe, con aire de burla- lo de siempre - dice -, un galón y medio del mejor alcohol, cosecha del mes pasao –vuelve a sonreír...
Mientras camina hacia la reja, con una bolsa en la mano, se puede ver otra, que por entre los barrotes de esa cárcel de voluntad, le alcanza un puñado de monedas.
- También aceptamos tarjetas de crédito...- suelta una risotada que deja entrever sus escasos dientes, amarillos, torcidos... repugnantes. –Vuelvan pronto; derrepente se me ocurre hacerles un descuentito... ya saben, a los clientes del año, hay que tratarlos bien. -
Ansiosos, desesperados, corren a cualquier esquina... – Ya, vamos a darle curso de una vez, tengo una sed del carajo...- dice uno de ellos; los demás, frotándose las manos, para calentarse un poco, esperan su turno con impaciencia; Los síntomas del alcohol, no se dejan esperar; pronto y en poco tiempo, los compadres experimentan la excitación por la que esperaron largas horas junto al Sol.
Y así pasan toda la noche; aislados de todos, de ellos mismos; solitarios, marginados, olvidados; humanos como todos, para quienes la vida tiene un único propósito...
Así, cuando mueren, ...como Pablo en esta vez, posiblemente en el transcurso de la mañana, mientras dormía; tal vez soñando con tiempos lejanos... muy lejanos, tiempos casi con sabor a ajenos... una madre llora... ¿intuición?..., quizás solo costumbre, o nostalgia...
Por la tarde, sentada en su jardín, mientras contempla con la mirada perdida la despedida del Sol... le parece ver a Pablo, con los pies descalzos, que la mira, le sonríe y le regala un amor. Una lágrima se desliza por su mejilla; se enjuga los ojos, no la deben ver llorar... es posible que algún día se vuelvan a encontrar...
Las rosas cuando mueren, nos dejan ver su flor, como si en señal de despedida o en homenaje al creador, exhibieran su alma, para mostrar su belleza interior...
...Aquella tarde, sólo hubo una rosa en flor...
Qué ironía de la vida; hoy se marcha Pablo...
...y en su triste destierro, las espinas no le esperan en su andar, porque hoy, creyendo morir solo, una rosa le ha querido acompañar.
1 comentarios:
bueeeeena ! Edu....dale palante no mas, que pasta te sobra....
Espero el proximo
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